domingo, 31 de mayo de 2009

UN LLAMADO A LA CONCIENCIA


Desde el momento en que fuimos concebidos, cuando empezó nuestra vida, la nuestra individual, la de cada uno, fuimos juguetes de las influencias y coyunturas de nuestro entorno humano y natural, confuso, entremezclado. Los nenes en el vientre de sus madres oyen las voces, la música o el llanto, perciben sin entender la alegría o el odio con que su frágil presencia es recibida. Allí ya asimilan el perfume que ella se pone, las drogas que consume, las infecciones que sufre, los pesticidas a los que sin saber o sin poder remediarlo se ve expuesta. Nacemos, entonces, inocentes pero no puros. Esa impureza original que irá variando pero nos acompañará toda la vida es nuestro medio ambiente.

Creadores del problema
El medio ambiente no es algo salvaje y extraño que merodea amenazante desde la otra orilla, de lo que vale acordarse solo una vez al año como mucho. El medio ambiente es algo muy humano: una mezcolanza inextricable de natura y cultura, de leyes físico-químicas e ideas. El medio ambiente empieza en la cabeza. Empieza en una civilización que produce alcaldes que talan árboles para erigir mojigangas de cemento (con su nombre), ciudadanos que compran el pan de cada día en bolsas de plástico, ejecutivos prepotentes en 4×4 aparatosas y contaminantes. Así, nosotros mismos producimos las formas de energía y las sustancias que nos embadurnan y nos atraviesan, sin un nanosegundo de reposo, toda la vida. Y es de acuerdo con los elementos de ese ambiente que creceremos como citadinos o campesinos, selváticos o andinos o costeños, ahítos o hambrientos, fuertes o endebles, saturninos o alérgicos, habituados a la victoria o seguidores del fútbol nacional. Buena vibra o mala vibra; buen ambiente o malo. En el Perú, como en el resto del mundo, el mal ambiente es sobre todo para los pobres; pero no es excluyente. Los pilotos del Mercedes Benz y del Tico, atrapados en el mismo embotellamiento, respiran la misma muerte.

Agua que somos y dañamos
Visitemos el agua y todo lo que va disuelto en ella. Si tuviéramos visión de rayos X veríamos un paisaje de tonos y celajes determinados por el contenido de agua y minerales de los organismos. El agua es ubicua, cubre las dos terceras partes del planeta y constituye más de tres cuartos del volumen de nuestro propio cuerpo. El agua es dinámica. Respiramos, sudamos y entregamos agua al mundo. Comemos y bebemos, e incorporamos agua. Agua y varias sustancias con armazón de carbono es casi todo lo que —físicamente— somos. Eso es miss Scarlett Johanson y eso es el Sr. Tongo. Solo un poquito más que un montón de agua gaseosa. Cuando morimos y nos incineran, liberando a la atmósfera esa Inca Kola inquieta que una vez fuimos, una cajita que cabe en una mano basta para contener el residuo.

Es raro eso de pensarnos hechos y rodeados de agua, tan habituados estamos a considerarnos seres secos. Pero seguimos siendo acuáticos y acuosos como cualquier tramboyo. Nuestro primer desarrollo es en el agua y luego respiramos por tejidos que para funcionar tienen que mantenerse húmedos. Obviamente el agua que bebemos puede traer venenos, como los que vertió la Oxy, por más de treinta años, en el río Corrientes, matando impunemente al pueblo achuar; o como los que vierten las minas mal cerradas en el río Rímac, también impunemente. Pero sobre todo, lo que más cae al agua es nuestra propia basura y el desperdicio de nuestras letrinas. Jugos infames que cuando llegan al mar asesinan a la vida marina.

Crecer no es desarrollo
Sigue el aire con su oxígeno, el gas que da la vida y da la muerte. Ese que necesitas tragar con la primera bocanada o no la cuentas. El aire trae olores y sonidos que pueden alegrarnos o enfermarnos. Ahora que llega el invierno a la costa peruana, lo acompaña el hedor de la harina de pescado (“El olor del dinero” se decía durante los años 70). ¿Y no sabemos por su olor a pezuña de diablo que no puede ser bueno? Durante cuarenta años, millones de niños costeños —pobres y ricos— crecieron sometidos a esa sustancia irritante que viene con la niebla, y que desencadena alergias y asma. El aire lleno de hollín que respiran las amas de casa andinas (por las cocinas abiertas de leña) y nuestros policías de tránsito (por los carros a diésel o viejos o mal sincronizados) destruye sus pulmones y les acorta la vida día a día, como quien taja un lápiz. Ese ruido de alarmas vehiculares que nos destruye el sueño en tanta zona residencial, todas las noches, es puramente cultural y es medio ambiente. Y no es algo que se quede afuera, acechando y rondando, sino que ingresa por puertas y ventanas clausuradas para taladrarnos el cerebro. Ese es, pues, el problema con el medio ambiente: que no es como la sangre de las películas que estalla pegada a la pantalla sin tocarnos. El medio ambiente se inmiscuye con nosotros y nos puede malograr las ganas de vivir. Cuando aprendamos a tomar todo esto en serio, seremos un país en desarrollo; no solo en crecimiento, como ahora.

Por la coherencia ambiental
Será por las falencias del medio ambiente humano, humanizado, que tercamente idealizamos a la naturaleza. ¿Quién no elige la noche de luna o estrellas, el ronquido del mar sobre la playa, el sol o por lo menos el verde-hollín de un parque como escenario erótico? Recientemente, compré en Puno un centenar de videos de danzas y tonadas: sayas y morenadas, tinkus, tobas. Casi sin excepción, presentan amplias punas, cumbres nevadas, ríos, quebradas, para escenificar aquellas danzas. Las celebraciones populares expresan el mismo aprecio por la naturaleza, de punta a punta de nuestro territorio. Y sin embargo, los peruanos estamos entre los pueblos que más desperdician agua y energía, que más ensucian y que menos limpian, que más se aguantan un medio ambiente insano. Existe una intuición ambiental dislocada antes que una coherente conciencia ambiental. Pero no es tan difícil amanecer a esa conciencia: Basta con preguntarnos: ¿De dónde viene aquello que consumo? ¿Adónde va aquello que desecho? Y además: ¿Qué se queda conmigo? ¿Qué regresa (con venganza), por mucho que lo bote? Y sobre todo ¿Acaso no tenemos el derecho a vivir en un medio ambiente sano? Lo demás no es preocuparnos sino ocuparnos, como dice mi esposa, señora de mi propio buen ambiente.

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